Historia de la Biblioteca

NUESTRA BIBLIOTECA, UNA CASA DE LIBROS EXPÓSITOS

Por Gregorio A. Caro Figueroa 

A mediados de 1968, en Tucumán, la voluntad de dos estudiantes universitarios de “bolsillos flacos”: mi esposa, Lucía Solís Tolosa, y yo, con entusiasmo y un puñado de libros, colocamos el basamento de lo que es hoy nuestra Biblioteca privada de acceso público. 

Nuestro esfuerzo iniciado hace 56 años es compartido por nuestros hijos: Gregorio Abelardo, Lucía Mariana,  Carmen María Almudena e Ignacio Luciano. En homenaje mi padre, J. Armando Caro, nuestra Biblioteca lleva su nombre y es heredera de su limpia trayectoria y sus valores.

Entre aquel puñado de libros que no llegaban a 50, recordamos un par de Charles Péguy; El siglo de las luces de Alejo Carpetier; Sudamérica, biografía de un continente de Erst Samhaber y Entre nos. Causeries del Jueves, de Lucio V. Mansilla.

Puesta nuestra semilla, la Biblioteca se puso de pie, creció en cantidad y en calidad por decenas de aportes de mi madre María Elena, mi tía María Antonia Figueroa, mis hermanos y familiares de Lucía. A ellos se añade el más de un centenar de amigos y otras personas de Salta y de otras provincias que alentaron y, generosamente, contribuyeron a su desarrollo. 

En 1996, después de 28 años de forzada trashumancia en la ciudad de Salta, en Buenos Aires y seis años en Madrid, la biblioteca echó raíces, se asentó, creció y consolidó en Cerrillos, a 15 kilómetros al Sur de la ciudad de Salta. Durante la primera década del siglo XX, mi abuelo Gregorio Caro había sido maestro de la escuela primaria de este pueblo. Aquí nacieron cinco de los diez hijos de su matrimonio con la italiana Marianna Santoro. Uno de ellos fue mi padre, nacido en 1910.

Parece imposible, y no es frecuente, construir una Biblioteca de estas características sorteando naufragios y superando inestabilidad, incertidumbre y nuestra forzada trashumancia. Fue un desafío que pudimos responder con constancia alimentada con fe en el libro impreso. Esa inestabilidad y precariedad de sus primeros treinta años no impidió mantenerla y acrecentarla; por el contrario: la incentivó.

La pasión puesta en ella quizás pueda explicar nuestro empeño en responder a ese desafío. Perseverar en esta obra fue un recurso no deliberado para contrarrestar la acechanza de la desmemoria y el desarraigo.  Lo nuestro fue una elección para echar esas fuertes y perdurables raíces, en este caso, de resistente papel del que se nutren y sostienen libros y la memoria atesorados en ellos.   

Desde el año 2000 su fondo principal está ordenado en el salón de 126 metros cuadrados y casi seis de altura. Fue construido con criterios funcionales, de conservación preventiva y seguridad. Ese edificio se levantó con el aporte profesional y desinteresado del arquitecto Mario Lazarovich, nuestro amigo. Este es uno de los pocos edificios construidos en Salta para albergar una Biblioteca. Años después, se añadieron espacios en la vecina casa de mis padres. Hoy la Biblioteca se despliega en varios espacios que suman 500 metros cuadrados.

Después de atravesar una tupida arboleda recostada a metros de una cadena de cerritos que festonean el paisaje, el salón principal aparece como brotado de la tierra. En el silencio de la noche, sus 36 lumbreras dan a ese edificio apariencia de un arca varada en medio del verdor, de espaldas a los cerritos cuyas rocas tienen 470 millones de años, como precisó el doctor Ricardo Alonso, quien reviste la doble condición de amigo y bibliófilo.    

“El atizado aroma de sus vejeces”, como escribió el poeta Néstor Groppa refiriéndose a su biblioteca, y un alto, tallado y original mostrador Art Noveau, abren paso a largos y altos estantes de maderas colocados en peine irregular los que, por no ser uniformes, diseñan un laberinto. A los libros ordenados por secciones y temas, se añaden publicaciones periódicas, impresos, fotos antiguas, mapas de la región, discos de pasta y vinilo, y objetos.

De un mueble de viejo almacén, ahora poblado de carpetas, cuelga esta frase: “Más que nunca necesitamos al libro, pero los libros, a su vez, nos necesitan a nosotros. ¿Qué privilegio más bello que el de estar a su servicio?», se preguntó George Steiner.

Dijeron ilustres visitantes

“Esta es una obra de amor e inteligencia”, dijo de ella Félix Luna en 1998. La opinión de María Saénz Quesada, académica y ex directora de “Todo es Historia” y la de Eliana de Arrascaeta, actual directora de esa revista, se expresan en periódicas e importantes donaciones. 

Marcos Aguinis la llamó “tesoro escondido” en un artículo publicado en 2008 en el diario La Nación. “Esta es la biblioteca del Norte”, opinó el ensayista Ignacio Colombres. En 2015, Juan José Sebreli destacó la “dedicación y obstinación en la recuperación y preservación del libro, un caso excepcional en nuestro país”. Alberto Manguel, que la visitó en 2016, escribió: “Un maravilloso viaje de exploración de un lector excepcional”.

La biblioteca recibió a cuatro directores de la Biblioteca Nacional. Carlos Fayt, salteño que fue presidente de la Corte Suprema, la visitó con su esposa en octubre de 2009. Para él, escribió, entrar a esta biblioteca fue ingresar “a una pequeña catedral que contiene lo mejor de la obra de quienes han honrado la investigación histórica, sociológica y política de Salta, la Nación argentina y lo universal de la cultura”. 

Dos gruesos libros de visitas reúnen opiniones de sus visitantes. El poeta Santiago Sylvester anotó “Al mundo que esta Biblioteca ha hecho caber en Salta”. José Edmundo Clemente, que fue director de la Biblioteca Nacional, la llamó “magnífica”. Para Jorge Rouillon, “Es una interesante biblioteca que sus constructores han sabido levantar en el fondo de su propia casa y en el interior de sus corazones generosos”.

En septiembre de 2023, Abel Alexander escribió: “Visitar esta biblioteca retempla el espíritu y permite soñar que existe una Patria mejor y que debemos luchar por ella y por la cultura”. El arquitecto Ramón Gutiérrez, opinó”: “Esta biblioteca formada por el aporte de otras bibliotecas testimonia la confianza de quienes valoran esta capacidad de administrar la cultura que tienen sus dueños”.

A la arquitecta Graciela Viñuales le llamó la atención el sector donde se reconstruye un aula escolar de comienzos del siglo XX: libros de lectura de 1890, bancos, tinteros, cuadernos, lapiceras con plumas, mapas, tizas, borradores, figuras geométricas y cuadernos de caligrafía. “Es una radiografía del siglo XX con algunos detalles anteriores que animan el espíritu”.

Un paseo por este laberinto

Especializada en información sobre el Noroeste argentino y la Región Andina Centro Suramericana, la nuestra es una biblioteca privada de acceso público, sin fines de lucro. Su interés en libros, publicaciones, información y relaciones con bibliotecas, instituciones culturales y personas del Noroeste argentino es uno de sus rasgos específicos.

Durante los últimos 22 años, la biblioteca fue visitada por miles de personas y consultada por decenas de investigadores de Salta, de otras provincias, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y de países de América latina y de Europa. Otra particularidad es que la preservación, organización, catalogación, cuidado y atención del patrimonio, está solo a nuestro cargo. En 1968, Lucía hizo cursos de preservación en Tucumán con Aurelio Tanodi, la mayor autoridad en esta especialidad.

La construcción del salón principal contó con el apoyo y la generosidad familiar. La Biblioteca se sostiene exclusivamente con aportes de sus fundadores. No gestionó ni recibió aportes de ningún organismo del Estado. Su despegue se produjo en mayo de 1995 con la adquisición de la importante colección que perteneció al doctor Carlos Serrey. 

Los fondos se fueron incrementando en parte por compra, y en parte por la generosidad de decenas de personas que donaron libros y materiales impresos, cuyos nombres y aportes están registrados en nuestra documentación escrita. A su vez, nuestra biblioteca donó miles de ejemplares a bibliotecas públicas, populares y escolares. 

Este año 2024, la Biblioteca donó al Museo Histórico del Norte –Cabildo Histórico- un legajo con actas originales del Cabildo de Orán, documentos que ingresaron al fondo documental de monseñor Miguel Ángel Vergara, que se conserva en el Museo José Evaristo Uriburu.

La biblioteca posee algunas pocas ediciones de la última década del siglo XVI. Una de ellas un tratado de teología, editado en Madrid en 1596, obra en dos tomos intactos encuadernados en pergamino. A lo que se añaden otras obras de los siglos XVII y XVIII. Las más numerosas, son las editadas en los siglos XIX y XX.

En abril de 2006 le fue donada parte de la biblioteca de nuestro tío, el doctor Miguel Herrera Figueroa, jurista salteño fundador de la Universidad Kennedy de Buenos Aires. Ese mismo año, por donación de su familia, se incorporó el archivo del doctor Arturo Oñativia, fundador del Instituto de Endocrinología y ministro de Salud de la Nación. En 2008, se añadió la colección de su hermano, Oscar Oñativia, especializada en psicología y pedagogía. 

No olvidamos el importante apoyo de la profesora Eva Mesas y los de su padre, don Juan Mesa Sánchez, pionero de la radio en Salta, parte de cuyos equipos y publicaciones especializadas conserva nuestra Biblioteca.

Algunas primeras ediciones

Un catálogo especial incluye primeras ediciones extranjeras y nacionales, cuyos ejemplares conforman una colección especial que, en su totalidad, se conserva en caja de seguridad, fuera del edificio. Entre las primeras ediciones argentinas más importantes están: Facundo (1845) con autógrafo y dos anotaciones a mano de Sarmiento; Soledad (1847) de Bartolomé Mitre; las Memorias de José María Paz y de Gregorio Aráoz de La Madrid; la Historia de la revolución argentina y la Historia argentina de Vicente Fidel López; la primera edición completa de Obras completas de Sarmiento (53 tomos); Escritos póstumos de Alberdi (16 tomos).

A lo que se añaden el primer libro de Dalmacio Vélez Sarsfield (1834); Obras de Hilario Ascasubi; Evaristo Carriego de Jorge Luis Borges con dedicatoria a Eduardo Schiaffino (autógrafa); Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes; impresos de la Liga del Norte contra Rosas; la colección completa de El Plata Científico y Literario; la Memoria Descriptiva de Tucumán de Paul Groussac (1886) y la Memoria Descriptiva de Salta de Miguel Solá (1889), además de una colección de periódicos de Salta (1856-1913), con algunas series completas y otras discontinuadas. 


Publicaciones periódicas

La biblioteca reúne más de 2300 títulos de publicaciones periódicas, algunos en ejemplares originales y otros en facsímil. Entre otros periódicos tiene: El Telégrafo Mercantil; Gazeta de Buenos Ayres; El Plata Científico y Literario; Revista del Río de la Plata; Revista de Historia, Derecho y Letras; Caras y Caretas; Revista Telegráfica; El Hogar; Sur; Nosotros; Criterio; Realidad; Desarrollo Económico; Revista de Letras y Ciencias Sociales y publicaciones culturales del Noroeste argentino. La hemeroteca lleva el nombre de su principal donante, el contador Miguel Naser.

En mayo de 2018 nuestra Biblioteca adquirió una colección de ejemplares originales del diario LA NACIÓN. Comprende ejemplares a partir del primer número, que salió a la calle el 2 de enero de 1870, hasta ejemplares de 1929. Se trata de los primeros 59 años del más antiguo diario de la Argentina y uno de los tres más longevos de América latina. 

A esa colección se añaden ejemplares discontinuados de periódicos de la década de 1842, editados por opositores a Rosas y dirigido por Florencio Varela en su exilio en Montevideo, prédica que pagó con su vida. Tanta importancia como estas publicaciones, tiene la colección de periódicos de Salta del periodo 1855 a 1910 que perteneció a don Miguel Solá.

Una parte importante del fondo de esta biblioteca es la colección de Diarios de Sesiones de la cámaras de Senadores y de Diputados de la Nación, que abarcan los años 1853 a 1976 con un total de 665 volúmenes encuadernados; recopilación de legislación argentina (1862-1946); fallos de la Corte Suprema de Justicia de la Nación a partir de 1866; debates de convenciones constituyentes argentinas y de Salta, todos los Censos nacionales y de Salta; Recopilación de Leyes de Salta (1853-1940); Revista de Legislación y Jurisprudencia (1869-1878); “Mensajes” de presidentes de la Nación y de gobernadores de Salta.

Casa de Libros Expósitos

Nuestra biblioteca es una especie de Casa de los Libros Expósitos. Miles de libros encuentran aquí abrigo y cuidado. Son alimentados, pero también alimentan a quienes vienen a consultar estos libros. Estos libros son, a la vez, semillas y herramientas de trabajo no solo para nosotros, sino para cientos de personas que durante años vinieron y vienen aquí.

En 50 años de incertidumbres y mudanzas, de esfuerzos y desesperanzas neutralizadas, esta biblioteca es un ancla, pero es también la vela de una nave cuya hoja de ruta apunta al futuro. No es sólo un arcón del pasado: espira ser semilla de futuro y de esperanza. Por eso hemos colocado aquí lo que dijo T. S. Elliot: «La sola existencia de las bibliotecas ofrece la mejor evidencia de que aún podemos tener esperanza sobre el futuro del hombre». 

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UN TESORO ESCONDIDO

Por Marcos Aguinis (*)

Algunas sorpresas hacen brincar el alma. Había visitado en distintas oportunidades la ciudad y la provincia de Salta. Hace unos años, con imaginación exaltada, hice posta en ellas cuando el protagonista de La gesta del marrano se esforzaba por llegar a la Ciudad de los Reyes para abrazar a su humillado padre, y me mareé entonces en el inconmensurable mercado de mulas que hervía allí. Ahora descubrí otro portento, en la modesta población de Cerrillos, 15 kilómetros al sur de la capital, sobre el valle de Lerma.

Me habían adelantado algunas características y las asocié con la biblioteca de los samizdat, que me arrancó lágrimas en Praga. También con el Cementerio de los Libros Olvidados que describe Carlos Ruiz Zafón en La sombra del viento. La casa pertenece a Gregorio y Lucía Caro Figueroa, ungidos directores de esta biblioteca, cuyo nombre es J. Armando Caro. Gregorio es periodista, actual secretario de Cultura, colaborador infatigable de Todo es Historia; ella es pedagoga y autora de textos filosóficos. Ambos cuidan un tesoro en medio de un bosque que no es exactamente un bosque, pero se le parece. Basta cruzar la alta puerta para ingresar en una sala humilde, donde se presenta de inmediato, como una escultura majestuosa que abarca toda la pared, un antiguo mueble vidriado lleno de joyas bibliográficas.

Además de antiguas colecciones, late incandescente un ejemplar de la primera edición de Facundo, con apostillas redactadas por el mismo nervioso puño de Domingo Faustino Sarmiento. También una antigua edición de la primera novela argentina, Soledad, escrita por Bartolomé Mitre durante su exilio en Bolivia. 

Otras primeras ediciones se agitan como animalitos vivos mientras uno las hojea con emoción; son obras de Juan Bautista Alberdi, José María Paz, Deán Funes, Vicente Fidel López, Hilario Ascasubi, Joaquín V. González, Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Ricardo Rojas, Manuel Gálvez, Roberto Arlt, Ricardo Güiraldes, Oliverio Girondo. Un pasado inmenso en la palma de las manos. No tuve dificultad en leer sobre la página inicial de una primera edición de Borges una extensa y microscópica línea escrita por él mismo, cuando aún veía, semejante a una recta caravana de hormigas jugando con metáforas.

Pero recién había gustado el aperitivo.

Ingresé en el patio donde sombrean árboles, arbustos y flores que constituyen un jardín autóctono sin afeites. El silencio y el aroma me permitieron escuchar un sibilante “ábrete, sésamo”. Entonces se despejó el camino y avanzamos hacia una gruta-sala de 126 metros cuadrados, en la que se ha conformado un laberinto de anaqueles que intentan alcanzar los 6 metros de altura, estirando sus paredes hasta llegar al techo.

Tanta riqueza bibliográfica me invadió como una bocanada llena de polen. Paralizado, alucinado, no sabía dónde detener mis ojos. Me arropaba un clima sacro y los ávidos pulpejos de mis dedos se detenían ante los coloridos lomos, como si no tuviese aún derecho a tocarlos. Ahí estaban otras primeras ediciones, no sólo en castellano, sino en inglés, francés y alemán. 

La colección de autores españoles, por ejemplo, abarca el último tercio del siglo XIX y la primera mitad del XX; incluye textos de la Guerra Civil Española, publicados también en Francia por los bandos en pugna; además, se alinean las angustiosas actas de las Cortes españolas de la Segunda República.

Una sección se dedica a los asuntos de una media docena de provincias del noroeste argentino. Enseguida, otra sección ofrece materiales sobre Bolivia, Chile y Perú, con materiales sobre geografía, economía, demografía, historia, antropología, religión, literatura, arte, derecho, federalismo, instituciones, folklore y medicina regional.

No sólo se suceden libros, sino publicaciones periódicas de gran valor testimonial, como la Revista de letras y ciencias sociales, Norte, Hebe, Sustancia, Notas y estudios de filosofía, Humanitas (Tucumán), Tarja (Jujuy), Güemes, Amancay, Angulo, El otro país, La Gauchita, Diálogos, Claves, Andes, Miradas y raíces, más los suplementos culturales de muchos diarios. Yo tenía el cielo en las manos, con sus estrellas encendidas.

Me llamaron la atención los 3000 sobres con recortes periodísticos, en los que se pueden descubrir datos que cortan el aire. Pero además existen discos de pasta y vinilo, cintas abiertas, fotografías, 40.000 diapositivas, una nutrida mapoteca, postales antiguas de la región, catálogos de exposiciones plásticas, carteles, programas de conciertos. Los acompañan paquetes de cartas recoletas y pacientes manuscritos inéditos que aguardan la pupila de algún curioso.

Me informan que ese tesoro en medio del valle de Lerma ya comprende 33.500 libros, folletos, publicaciones periódicas, documentación e imágenes, que están en permanente actualización. Es considerada una de las colecciones privadas más abundantes de toda la Argentina. Se nutre y sostiene con el aporte de sus fundadores y directores, donaciones y canje. Atiende consultas a distancia y brinda un servicio arancelado de búsqueda de datos y elaboración de informes. En los últimos cinco años fue visitada por más de 3000 personas. Hacia allí se dirigen investigadores del país y el extranjero. Su fondo bibliográfico y su documentación opulenta fueron utilizados para innumerables tesis, artículos y libros.

Esa fortuna cultural es el producto de una inicitiva privada que maduró lentamente durante cuarenta años. Empezó con donaciones de estudiantes universitarios. La etapa genésica fue difícil y decepcionante. Pero no cedió la tenacidad y comenzaron entonces a afluir bibliotecas enteras de profesionales, una de las cuales incluía la que había sido propiedad del presbítero Juan Francisco Castro, fundador, en 1864, del Colegio Nacional de Salta. Después llegaron colecciones de arte en castellano y otros idiomas, acompañadas por discos de música clásica y diapositivas.

Con esfuerzo, se adquirieron otras bibliotecas privadas de coleccionistas de provincias vecinas. Más adelante, llegó el archivo del doctor Oñativia, que fue el polémico ministro de Salud del presidente Illia. Un ángulo curioso está conformado por la biblioteca que había pertenecido a Hugo Marcone, especializada en las sucesivas escarlatinas del nacionalismo europeo y argentino. El flujo se tornó importante con otras donaciones que comprendían lejanos campos del saber.

Me llamó la atención un pequeño museo de la radio, con importantes colecciones referidas a este medio de comunicación, desde sus míticos comienzos hasta la actualidad. Ahí figura la inhallable Revista Telegráfica.

Unos documentos emitían vibraciones que me erizaban la piel. Observé con cuidado y advertí que estaba frente a ediciones completas de los archivos epistolares de San Martín, Domingo de Oro, Martín Güemes, Facundo Quiroga, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, Marcos Paz, Bartolomé Mitre y Juan María Gutiérrez. En páginas ahítas de información, quejas, secretos, solicitudes, confesión y expectativas, se puede viajar en la máquina del tiempo y conversar mano a mano con los próceres, auscultar su ánimo, descubrir su temple, poner al descubierto un sinfín de angustias y enloquecer con sus esperanzas parcialmente frustradas.

Largos metros reúnen los Diarios de Sesiones de la Cámara de Diputados y el Senado de la Nación, desde el año 1853.

Son 522 volúmenes encuadernados, pesados, en los que resuenan las voces de los extraordinarios parlamentarios que teníamos, y a quienes debería imitar la mayoría de mediocres –con contadas excepciones– que ahora llenan escaños de los que pocas veces brotan frases que merecen ser recordadas. Hay también una recopilación de la legislación argentina desde 1862 y fallos de la Corte Suprema de la Nación desde 1866. Junto a ese imperdible material se alinean los mensajes de los presidentes de la Nación que hemos tenido o padecido desde los albores de la patria.

La sección de revistas es un banquete. Ahí están desde Sur y Criterio hasta Nosotros y Atlántida. Lomo tras lomo se extienden colecciones completas que se haría largo enumerar: Caras y Caretas, Fray Mocho, El Hogar, Realidad, Dinámica Social y Estudios, Primera Plana, Confirmado, Todo es Historia, más los suplementos culturales de varios diarios.

No me resisto a mencionar las revistas que tuvieron resonancia y consecuencias en las últimas décadas de nuestro sísmico pasado, muchos de cuyo títulos nos dan un pellizcón en la nuca: Mayoría, Qué, Contorno, El Montonero, Izquierda Nacional, De Frente, El Descamisado, Militancia, Causa Peronista, Pájaro de Fuego, Cuestionario, Propósitos, Redacción, La Maga.

Pero esta fabulosa hemeroteca no se limita a las publicaciones argentinas, sino que abunda en varias europeas que lograron mucha estima: La revue des deux mondes, El Correo de la Unesco, Janus, Planeta, Revista de Occidente, La moda elegante, La nouvelle revue française, entre otras.

Los encargados de esta alhaja colosal no cesan de perfeccionar su inventario completo, sección tras sección. Está en marcha la confección de cinco catálogos integrales que abarquen los asuntos universales, argentinos, latinoamericanos, regional del Noroeste y Salta. Ya se pueden recorrer sus secciones especiales, que no dejan hueco sin llenar.

En la sección de folklore se incluyen cancioneros populares, revistas especializadas y discos, entre los cuales figuran los producidos por Leda Valladares (1962-1965) con coplas del Valle Calchaquí entonadas por sus mismos habitantes. En los anaqueles destinados a la política se ofrecen bandejas con suculentos canapés sobre conservadurismo, liberalismo, socialismo, anarquismo, marxismo, nacionalismo, democracia cristiana, movimiento obrero, peronismo, radicalismo y cooperativismo.

No es todo.

A esas secciones se añaden otras, referidas a la niñez, tercera edad, economía doméstica, periodismo, astronomía, moda, vida cotidiana y hasta buenos modales y erotismo. No faltan los rubros referidos a la muerte y sus múltiples interpretaciones, historia de la educación, espiritismo, masonería, mafia, herejías, fanatismo, violencia, polemología (guerras) y corrupción. Me daba la sensación de haber ingresado en una gruta mágica, interminable. Y mis apuntes llenaban renglón tras renglón.

Durante el recorrido, pude soñar, como Borges, que el paraíso tiene forma de biblioteca.

Retorné al patio donde la luz se filtraba por el follaje tierno. Aún estaba conmovido por el contacto con esa galaxia de letras y me parecía ser seguido por su infinita columna de autores. En el almuerzo con los directores y un calificado grupo de amigos, el vino de Cafayate nos permitió brindar por un tesoro de verdad, que estaba ahí, en el dilatado valle de Lerma.-

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(*) Articulo de Marcos Aguinis publicado en la sección “Opinión” del el diario LA NACIÓN, el 8 de marzo de 2008. 

 

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HOMENAJE DE EDUARDO CEBALLOS A LOS RESPONSABLES

DE LA BIBLIOTECA J. ARMANDO CARO, ORGULLO PARA SALTA.

 

La Biblioteca Privada J. Armando Caro, que dirigen Lucía Solís Tolosa y Gregorio Caro Figueroa, mis amigos, se realizó en honor y en homenaje a la figura del padre de Gregorio, un intachable hombre público, que nació en 1910 y falleció en 1985, a los 75 años.

Esta biblioteca está en Cerrillos, a 15 km de la ciudad de Salta, considerada una de las bibliotecas privadas más importantes de la República Argentina y la más importante de Salta, porque acumula una gran riqueza bibliográfica, que la ubica en un lugar distintivo; cuenta con 50.000 libros, además hay fotos, postales, mapas, discos de pasta, de vinilo y documentación muy completa.

El doctor Félix Luna, escribió en 1998, que esta biblioteca es una obra de amor e inteligencia; Marcos Aguinis, destacado escritor Nacional, dijo: ‘es un tesoro escondido’ y le hizo un artículo muy importante en La Nación en 2008; entre los que visitaron la biblioteca, la figura del doctor Carlos Fayt, quien fue presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, vino en 2009 por la biblioteca y dijo ‘es una catedral con las obras más distinguidas de lo que aconteció en la cultura argentina’, todo un halago.

También la visitó José Edmundo Clemente, quien fue subdirector de la Biblioteca Nacional, cuando Jorge Luís Borges era el director, luego llegó a ser el director de la Biblioteca Nacional, a quien también tuve la suerte de conocer y de recibir el afecto de su amistad, escribió con Borges, el libro ‘El idioma de los argentinos’, una obra muy importante; hoy continúa la amistad con el hijo de José Edmundo Clemente, Diego Clemente, destacado músico que anda por el mundo con su trabajo musical.

Entre los numerosos visitantes estuvieron la historiadora María Sáenz Quesada, Pedro Barcia cuando era presidente de la Academia Argentina de Letras, hombre de gran cultura; estuvieron también el novelista Abel Posse, el poeta y escritor Horacio Salas, quien también tiene una biblioteca privada muy importante, con unos 15.000 libros; también la visitó María Esther Vázquez destacada escritora e investigadora; el doctor Carlos Páez de la Torre, tucumano historiador con gran presencia.

También la visitaron María Ester Vázquez y su esposo de Horacio Armani; María Esther de Miguel, el poeta Joaquín Giannuzzi, esposo de Libertad Demitrópulos; la poeta Graciela Maturo, difusora de las letras del país; el historiador Miguel Bravo Tedín, de Córdoba, afincado en La Rioja, que ha documentado tramos importantes de la historia del noroeste; el sociólogo y escritor Juan José Sebreli; el estudioso poeta Santiago Sylvester.

Tiene un edificio bello, dentro de un gran terreno, atrás de la casa familiar de Gregorio Caro Figueroa, rodeado de una bella arboleda, allí se levantó un edificio especialmente diseñado para biblioteca, de 126 metros cuadrados y 5 metros de altura, con ventanitas con un diseño realizado por el arquitecto para ese fin. 

Nos dijo  Gori que su mamá, María Elena Figueroa, fue una de las grandes impulsoras, la que más a poyó a sus fundadores; se hizo con la comprensión y el esfuerzo de los hijos; se fue acrecentando con la donación de particulares, de biblioteca del país, con la innumerable compra de libros de colección; nunca gestionó, ni recibió fondos, ni bienes de organismos oficiales, todo a pulmón, un camino mucho más dificultoso, pero más bonito.

La biblioteca nació en 1968, tiempo de estudiantes de la Universidad Nacional de Tucumán, 50 libros, que se hicieron 50.000, una evolución a consecuencia de la firmeza de la voluntad, del amor por los libros; el salón data del 2000; conserva una hemeroteca que reúne periódicos de Salta del siglo XXIX y del siglo XX, una valiosa colección de periódicos desde 1859 hasta la primera década del siglo XX, 1200 ejemplares en perfecto estado que pertenecieron a Miguel Solá, autor de muchas obras.

En los últimos 20 años, recibió la visita de más de 4.000 personas de todos los niveles, incluso becarios extranjeros, de otras provincias, intelectuales, escritores, historiadores, docentes, periodistas. Esta biblioteca es un ejemplo social, adonde nos damos de vez en cuando un recreo, especialmente cuando llega el Bocha Pérez desde Tucumán; Gori nos recibe y brinda su cariñoso afecto, pone la mesa y compartimos recuerdos e historias del ayer.

En mayo 1995, adquirió la colección del doctor Carlos Serrey, que incluyó un mueble biblioteca antiguo, además de una colección de 600 fotografías antiguas que donó íntegra a la fototeca del Archivo Histórico de Salta, donde se conservan.

Incorporó en donación las colecciones de Ricardo Casterán; del doctor Carlos Páez de la Torre; la del profesor José Fernández Molina, amigo santiagueño, radicado en Salta, compañero de Manuel J. Castilla en La Carpa; adquirió la valiosa colección del doctor Antonio Castaño, jurista y académico; una parte de la biblioteca del doctor Félix Luna. La lista de donantes es extensa y detallada.

Especial mención merece la donación de licenciada en letras, Alicia Chibán, Su colección que incluyó ficheros, carpetas con trabajos de investigación, documentos y archivo de recortes. En 2016, el historiador y académico Miguel Bravo Tedín, entregó, con cargo, documentos manuscritos de la familia Tedín Tejada., descendientes directos y herederos de Macacha Güemes. 

“Tenemos un detallado registro de todas las donaciones: nombres y apellidos del donante, fecha del ingreso de ese material a la Biblioteca, descripción de lo recibido y compromiso escrito de preservar la integridad de las colecciones. “Transparencia y trabajo bien hecho son nuestras normas”, dicen sus directores.

Entre las secciones de la Biblioteca Privada “J. Armando Caro” destaca la especializada en el Norte argentino y el fondo bibliográfico e información editado o inédito referido a la provincia de Salta. Posee una colección de primeras ediciones de libros de autores argentinos del siglo XIX del siglo XX; una sección especial de más de 220 diccionarios de distintas disciplinas.

“Nuestra biblioteca incluye importantes materiales sobre temas argentinos y universales. Una biblioteca debe tender a la universalidad reuniendo temas, autores, creencias, ideas e ideologías diversas, sin exclusiones, ni sectarismos. Bajo su techo conviven Santo Tomás y Marx; la obra de Mitre y la de los revisionistas; obras clásicas y novelas rosas de Corín Tellado”, dice Gregorio.

Conserva primeras ediciones de algunos libros antiguos e importantes de la literatura argentina del siglo XIX, entre ellos está ‘Facundo’ de Sarmiento, ‘Soledad’ de Bartolomé Mitre; primeras ediciones de obras de Alberdi, José María Paz, Aráoz de Lamadrid, Vicente Fidel López, Hilario Ascasubi, Joaquín V. González, Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Ricardo Rojas, Manuel Gálvez, Roberto Arlt, Ricardo Güiraldes, Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal, Ernesto Sábato, Julio Cortázar. 

Hay archivos epistolarios publicados de José de San Martín, Facundo Quiroga, Domingo Faustino Sarmiento, Martín Miguel de Güemes, Juan Bautista Alberdi, Marcos Paz, Bartolomé Mitre, Juan María Gutiérrez,   Reúne una colección única diarios de sesiones de la Cámara de Senadores y Diputados de la Nación desde 1853 a 1976, en 565 volúmenes encuadernados. También una recopilación de legislación argentina del periodo 1862 a 1946. Incluye tomos de los primeros fallos de la Corte Suprema de Justicia de la Nación del año 1866-

A lo que se añaden debates de Convenciones Constituyentes Argentinas y censos provinciales y nacionales; también una recopilación de leyes de Salta del año 1853 hasta 1940. La diversa gama de lo que muestra esta biblioteca es impresionante: revistas de legislación y jurisprudencia desde el año 1869 y mensajes a la Asamblea Legislativa de presidentes de la Nación y de la mayría de los gobernadores de Salta.

En mayo de 2000 fue incorporado por donación, una de las más importantes colecciones de publicaciones periódicas de Salta, de medianos del siglo XIX comienzos del XX, se impuso a la hemeroteca el nombre de Miguel Nasser, quien a lo largo de 60 años formó esa colección, que incluye la revista Nosotros, Criterio, El Hogar,  Caras y Caretas, Atlántida Primera Plana, Tía Vicenta, Leo Plan, Qué, Mundo Argentino, periódicos políticos de la década del 50, del 60 y del 70. 

“Nasser fue un mecenas silencioso a quien mucho debe nuestra biblioteca; aquí miles de libros encuentran abrigo y cuidado; son alimentados, pero también alimentan a quienes vienen a consultar; lo que hay aquí no son joyas para ostentar, son semilla y herramienta de trabajo.  Nuestra Hemeroteca lleva el nombre de Miguel Nasser. En  ese sector están una placa con su nombre y una foto de ese querido amigo”, dicen sus directores.

Hay muchas bibliotecas importantes en el mundo, sostenidas por los gobiernos; algunas bibliotecas privadas que fueron construidas con muchos recursos, por grandes magnates u hombres acercados a la corona; en esta biblioteca está el trabajo, el impulso, la pasión de Gregorio y de Lucía-

El escritor bibliófilo y ex director de la Biblioteca Nacional Alberto Manguel visitó la Biblioteca J. Armando Caro. Después de recorrer su salón principal quedó sorprendido por esta obra. Las bibliotecas y los libros estimulan el desarrollo económico, social, cultural; San Martín cuando liberó al Perú y lo nombraron Protector, fundó la Biblioteca del Perú y dijo ‘los libros son más importantes que los cañones. Gracias Gori por regalarme el “Cancionero Popular de Tucumán” de Juan Alfonso Carrizo, en primera edición.

Gracias por tan importante trabajo para la cultura de Salta y de la patria. Un orgullo para la provincia, contar con este bien cultural, que guarda los secretos de nuestra historia.

(*) Texto extraído del libro ‘Te cuento una cosita II’ de Eduardo Ceballos, Salta, agosto, 2021.

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LAS BIBLIOTECAS PERSONALES EN SALTA 

LA BIBLIOTECA PRIVADA «J. ARMANDO CARO»

 

Por Ricardo Alonso (*)

Salta fue y es una ciudad próspera en ricas bibliotecas personales. Es interesante mencionar que, probablemente, el primer gran bibliófilo argentino fuese el salteño Gregorio Beéche (1800-1878), quien llegó a poseer una notable biblioteca personal en pleno siglo XIX.

Estuvo en Potosí donde estableció negocios mineros, luego pasó a Chuquisaca y más tarde como prefecto del puerto de Cobija. En todos estos traslados fue llevando su biblioteca de libros americanos muchos de los cuales se perdieron en refriegas políticas. Finalmente se radicó en Valparaíso (Chile) donde fue muy respetado por su condición de bibliófilo y pudo rehacer su biblioteca.

Además, frecuentó a importantes argentinos exiliados como Alberdi, Sarmiento, Mitre y otros. En los últimos años de su vida ofreció en venta sus libros y documentos a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, una gestión que no prosperó. El erudito chileno Benjamín Vicuña Mackena publicó un año después de la muerte de Beéche un Catálogo Razonado de la biblioteca compuesta de 4.600 volúmenes, numerosos manuscritos y particularmente rico en folletos, grandes ediciones de viajes, atlas y tratados especiales sobre América.

Esos libros terminaron formando el núcleo fundacional de la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile que lleva el nombre «Biblioteca Beéche».

Goytía, Leguizamón y Zorreguieta

Tres intelectuales salteños del siglo XIX fueron dueños de ricas bibliotecas personales: Casiano Goytia (1811-1882), Juan Martín Leguizamón (1830-1881) y Mariano Zorreguieta (1830-1893). Además, estos personajes tienen el mérito de haber publicado juntos, en 1872, el primer libro impreso en Salta.

El libro trata sobre cuestiones de límites con países vecinos por parte de Leguizamón y Goytia y sobre la historia de Salta en la época del coloniaje por Zorreguieta. Otra gran biblioteca personal fue la perteneciente al ilustre salteño Dr. Victorino de la Plaza (1840-1919), quién llegó a la presidencia de la nación. Victorino de la Plaza en su testamento donó a la biblioteca pública de Salta «todos sus libros, mapas y cartas geográficas, así como los armarios y bibliotecas».

Victorino de la Plaza y Joaquín Castellanos

El 29 de octubre de 1920, el gobernador de la Provincia de Salta, Joaquín Castellanos, dispone la creación de la Biblioteca Provincial con el nombre del Dr. Victorino de la Plaza. Dicha biblioteca constituye el núcleo fundacional de la actual biblioteca pública de Salta y sus libros forman parte del tesoro institucional.

Rafael Zambrano y Carlos Serrey

También se incorporó a ese fondo provincial la biblioteca privada del médico y bibliófilo salteño Dr. Rafael Zambrano, la que fue adquirida y traída a Salta durante el primer gobierno de Roberto Augusto Ulloa. Especializada en temas de Salta y catalogada por la señora Lelia Montesinos, la colección Zambrano es una de las más significativas en el patrimonio del Archivo y Biblioteca Históricos de Salta.

Una biblioteca muy importante fue la que perteneció al Dr. Carlos Serrey (1873-1957). Este distinguido jurisconsulto y legislador era hijo del médico prusiano Dr. Manuel Mauricio W. de Serrey (1824-1906), quien se casó en La Rioja con Clarisa Dávila, perteneciente a una antigua familia riojana. Manuel Serrey se estableció en Salta, donde le tocó actuar contra el flagelo del cólera y atender a muchos enfermos de bajos recursos.

Dejó una colección de libros que luego enriqueció su hijo Carlos. Dicha biblioteca constituye uno de los núcleos fundacionales de la Biblioteca Privada J. Armando Caro de Cerrillos (Salta).

Manuel Colina en Jujuy

Una extraordinaria biblioteca fue la del Dr. Manuel Colina, abogado penalista, de familia salteña aunque se radicó y ejerció en Jujuy. El doctor Colina había sido seminarista en su juventud lo que le brindó una formación humanística general. Su biblioteca estaba compuesta por textos jurídicos y textos generales de religión, filosofía y letras. Uno de los rubros destacados eran las hagiografías o historias de las vidas de los santos de todos los tiempos.

Contaba con unos 45 mil volúmenes que se desperdigaron al fallecer. El Dr. Colina dejó una escasa obra escrita pero era un gran lector. Marcaba los costados de los párrafos de las páginas que le resultaban de interés con un lápiz fino y de acuerdo a la importancia ponía entre una y cinco rayas verticales. La mayoría de sus libros habían sido leídos hasta el final.

Generalmente la pregunta que se le hace a alguien que tiene una gran biblioteca es si ha leído todos los libros. Como se sabe eso es literalmente imposible, no solo porque muchas son obras de consulta, caso de enciclopedias o diccionarios, sino también porque el apasionado del libro compra muchos más libros de los que logra leer. El caso de Colina es verdaderamente asombroso.

Romero Sosa, Vergara y Sirolli

Otros salteños del siglo XX y poseedores de importantes bibliotecas personales fueron Carlos Gregorio Romero Sosa, Carlos Ibarguren y Francisco Centeno. Las dos primeras quedaron en Buenos Aires y solo la de Centeno retornó a Salta.

Una muy importante biblioteca fue también la de monseñor Miguel Ángel Vergara, erudito historiador, que fuera incorporada al Museo Casa de Uriburu, donde se conserva y atesora.

También merece destacarse la biblioteca personal del profesor Amadeo Rodolfo Sirolli (1900-1981), que contaba con varios miles de volúmenes sobre temas de arqueología, antropología, historia y literatura.

Biblioteca Atilio Cornejo

Una rica biblioteca de temas jurídicos e históricos es la que perteneció al notable intelectual salteño doctor Atilio Cornejo (1899-1985). Abogado e historiador, Cornejo adquirió en 1937 una casa colonial en la calle Córdoba 36, justo enfrente de la entrada de una de las bibliotecas más antiguas de Salta, la de los padres franciscanos, donde se conservan desde incunables hasta preciosos documentos históricos.

El Dr. Atilio Cornejo acrecentó a lo largo de su vida el patrimonio bibliográfico de sus fondos documentales con los cuales escribió importantes piezas de la historia de Salta y del norte argentino. Entre ellas se destacan sus “Apuntes históricos sobre Salta” y “La historia de Güemes”, entre muchas otras obras. Se comenta que en la confortable casa colonial que la alberga, funcionó antiguamente la escuela primaria de la maestra doña Josefa Benigna Saravia. Allí se educó la célebre periodista y docente doña Benita Campos, entre otras destacadas damas salteñas.

El inmueble fue donado a la provincia de Salta en 1985, junto con su patrimonio mobiliario y su fondo bibliográfico y documental. Creada con el nombre de Biblioteca Provincial Doctor Atilio Cornejo, depende actualmente de la Dirección General de Bibliotecas y Archivos de la Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta.

Biblioteca Privada «J. Armando Caro»

En la Salta de fines del siglo XX y lo que va del XXI se destaca claramente la biblioteca personal de Gregorio Abelardo Caro Figueroa. Este caballero, Académico Nacional de la Historia, es el poseedor de la mayor biblioteca privada de Salta y uno de los principales bibliófilos y estudiosos del libro en todas sus dimensiones.

Esta pasión por el libro es compartida por su esposa Lucía Solís Tolosa, filósofa y magíster. Ambos comenzaron su obra en carácter de estudiantes de la Universidad Nacional de Tucumán a fines de la década de 1960. Luego de haber vivido en Madrid (exiliados), en Buenos Aires y con más de una docena de mudanzas, finalmente se instalaron en Cerrillos (Salta) donde fundaron la Biblioteca Privada J. Armando Caro que cuenta con unos 45 mil libros a los que deben sumarse otros miles de revistas, periódicos, folletos, recortes de prensa, material audiovisual, postales y fotografías antiguas.

Las bibliotecas personales son un fiel reflejo de los gustos intelectuales de sus dueños, celosos de las obras que poseen. Por ello muchas bibliotecas valiosas son ignotas y crecen inadvertidas en casas y departamentos, no solo de escritores, profesores o científicos, sino también de personas anónimas que aman el libro.  

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(*) Publicado en EL TRIBUNO Salta, 2 de octubre de 2017. El doctor Ricardo Alonso es geólogo, docente universitario y académico en Argentina y otros países.

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TRAYECTORIA DE  J. ARMANDO CARO (*)

El 29 de setiembre de 1910, la casa familiar en Cerrillos fundada por don Gregorio Caro y su esposa, doña María Ana Santoro, recibía a su segundo hijo varón, al que dieron el nombre de José Armando.

Recientemente, un equipo de historiadores profesionales pertenecientes al Centro de Documentación e Investigaciones acerca del peronismo (CEDINPE) ha publicado el diccionario biográfico «Historia del peronismo», editado por la Universidad de San Martín.

En esta obra se recoge la trayectoria pública de J. Armando Caro, que tuvo una vida pública prolífica y destacada, al servicio de sus conciudadanos. A continuación reproducimos textualmente la entrada correspondiente en el diccionario biográfico, no sin antes agradecer a sus autores el esfuerzo de investigación, el rigor histórico y el recuerdo de un salteño auténticamente universal. 

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CARO, José Armando. (Cerrillos, Provincia de Salta, 29 de septiembre de 1910 – Cerrillos, Provincia de Salta, 29 de diciembre de 1985). 

 

José Armando Caro nació en Cerrillos, Salta el 29 de septiembre de 1910. Su padre, de antigua familia criolla, cursó la Escuela Normal y ejerció magisterio. Su madre, Marianna Santoro, nació en Forino, provincia de Avellino, y a los 11 años se radicó en Salta. 

En 1943 se casó con María Elena Figueroa. Tuvieron ocho hijos: José Armando, Raúl Eduardo, Gregorio Abelardo, Ramiro Fernando, María Elena, María Isabel, Luis Alberto y Rodrigo Alejandro. 

Cursó estudios primarios en la escuela Urquiza y en la Normal de Maestros y el secundario en el Colegio Nacional de Salta. En 1930 fue secretario del Centro de Estudiantes Secundarios de Salta. 

Desde 1938 hasta 1942, cursó la carrera de abogacía en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata. Cursó posgrado en el Instituto de Altos Estudios Jurídicos de esa Facultad, bajo dirección del jurista español Luis Jiménez de Asúa.

Se desempeñó como delegado estudiantil ante el Consejo Académico de la Facultad de Derecho de esa Universidad. Presidió la Federación Universitaria de La Plata. En su gestión auspició y dirigió la publicación de la segunda edición de la obra de Gabriel del Mazo “La Reforma Universitaria”.

En 1939 fue delegado a la Primera Convención Nacional de Estudiantes. En el periodo 1941-1942 perteneció a la Unión Universitaria Intransigente UUI. El triunfo de esa Agrupación lo llevó a presidir el Centro de Estudiantes de Derecho, acompañaron su lista José María Guido (presidente de la Nación 1962-1963), Miguel López Francés, Francisco Capelli, John William Cooke, René Orsi y Leopoldo Bravo. 

«Yo nunca fui de FORJA porque era radical, preferí mantenerme dentro de la estructura legal del partido, a pesar de mi discrepancia con la conducción nacional, y sobre todo con la conducción local en Salta. FORJA era una cosa abiertamente en contra del Comité Nacional, desde mi punto de vista. Lo frecuenté mucho a Scalabrini Ortiz, a Arturo Jauretche, a Miguel López Francés que fue Ministro de economía durante el gobierno de Mercante en La Plata, y a otros. 

“Podría citar a Alconada Aramburú, a los dos Oyhanarte, a Cueto Rúa, a Leopoldo Suárez, el que fue Vicegobernador de Buenos Aires Ricardo Lavalle también estaba en nuestro grupo su hermano Mario que después fue fiscal nacional; a John William Cooke (el “Bebe”) que militaba en otra tendencia: era de Acción Argentina de extracción liberal, como su padre», recordó en una entrevista realizada en 1983. 

Fue presidente de la Federación Universitaria de La Plata, delegado a la Federación Universitaria Argentina y presidente del Cabildo Abierto contra el Fraude. Dirigió el periódico “Renovación”, órgano de la Federación Universitaria de La Plata. Obtuvo el título de Escribano Público Nacional. Se graduó de abogado el 15 de septiembre de 1942, cuando Alfredo Palacios era presidente de esa Universidad. Durante sus estudios en La Plata dictó conferencias en esa ciudad y en Capital Federal. 

Algunos de los temas de esas disertaciones: “Humanismo y técnica”; “Antinomia federalismo – unidad nacional”; “Exégesis crítica al proyecto de Ley Universitaria de Julio V. González: “Puntos de vista para la interpretación histórico –cultural de la Reforma Universitaria”, y, en un ciclo organizado por la FUA “La Universidad como ensayo de gobierno funcional: esquema teórico y valoración de sus resultados”. 

Entre 1943-1944 fue delegado por el distrito Salta ante la Convención Nacional de la Unión Cívica Radical y miembro de la Comisión Política de ese organismo. Al igual que otros radicales yrigoyenistas de Salta, como Juan Carlos Cornejo Linares, se incorporó al peronismo en 1945. 

Desde 1944 hasta 1947 fue asesor letrado de la seccional Salta de Ferrocarriles; después lo fue de la Policía de la Provincia de Salta pasando desempeñarse como secretario general y más tarde jefe de ese organismo. En 1949 fue designado Ministro de Gobierno de Salta durante la gestión del gobernador Emilio Espelta. 

A partir de 1945 fue profesor de Derecho Penal y Procesal en la escuela de Policía “Franklin D. Roosevelt”; de asignaturas jurídicas en colegios nacionales secundarios; de Historia e Instrucción Cívica; legislación del trabajo en varios sindicatos y en la CGT Salta. Fue delegado al II Congreso Nacional de Ciencias Procesales (Salta, 1948); delegado al II Congreso del Congreso de Planificación Regional del Noroeste argentino (PINOA).

Fue uno de los pioneros de la radio afición, de la radio difusión y de “Sonovisión”, el primer canal de televisión en Salta. En 1923, cuando tenía 13 años, se inició como radioaficionado. En 1935 fue vocal del Radio Club Córdoba. Desde 1948 hasta 1951 fue director técnico ad honorem de LV9 Radio Provincia de Salta. En 1948 instaló en Salta, a su costa, los equipos radiotécnicos del Distrito 18° de Correos y Telecomunicaciones. 

Fue secretario de la Primera Convención de Radioaficionados y miembro de las bases orgánicas de la Federación Argentina de Radioaficionados (F.A.R.A) y presidente de esa Federación. Fue socio del Radio Club Argentino, miembro del Centro de Radio Veteranos y miembro de la American Radio Reay League (ARRL). 

Su trayectoria parlamentaria comenzó cuando fuera electo Senador provincial por el Departamento de Iruya (Salta) y elegido por sus pares presidente del Bloque peronista. Desde mayo de 1948 hasta junio de 1949. Ese año fue Convencional Constituyente Electivo, miembro de la Asamblea Legislativa Reformadora de la Constitución Provincial, presidente de la Comisión Redactora y miembro informante del proyecto de reforma. Durante el periodo 1950-1952 presidió el bloque de diputados peronistas y ejerció la presidencia de la Cámara de Diputados de la Provincia. 

Fue reelecto diputado provincial para el periodo 1952—1956, que no concluyó al ser electo en los comicios del 25 de abril de 1954, senador de la Nación para el periodo 1955-1961. En esas elecciones obtuvo el 78,8% de los votos, el más alto porcentaje en la historia electoral de Salta. 

En el periodo 1953-1954 fue secretario de la Junta Departamental de la Capital del Partido Peronista y secretario general y delegado ante la Consultiva Nacional del Partido Peronista (1954-1955). Desde 1956 presidió la Junta Promotora Provincial y delegado ante la Junta Nacional del proscripto Partido Justicialista. 

En febrero de 1955, el presidente Juan Domingo Perón lo designó Interventor Federal en Santiago del Estero. Asumió esas funciones el 4 de marzo de 1955. Llevó de Salta su automóvil Ford V8 modelo 1936 y chofer personal. No ocupó la residencia oficial, alquiló un pequeño departamento para residir en él con su familia. 

Producida la sublevación cívico militar que derrocó al gobierno y forzó el exilio de Perón, permaneció en la casa de gobierno, todos los días y sin abandonar su despacho. El 22 de septiembre entregó el gobierno e íntegros los fondos reservados, a jefes militares. 

Una semana después, regresó a su domicilio en Salta. Al día siguiente envió un telegrama con este texto al presidente provisional, general Eduardo Lonardi: “Me encuentro en la Ciudad de Salta, en mi domicilio calle Deán Funes 418, dispuesto a asumir las responsabilidades que me cupieren por mi actuación pública y privada”. Desde octubre de 1955 y hasta 1958 fue varias veces detenido. La justicia de Santiago del Estero lo absolvió de todas las acusaciones, incluidas la de un supuesto “enriquecimiento ilícito”. Concluyó esa etapa de su actuación pública más pobre que al inicio de su actuación pública.

En 1958, fue miembro del Comando Táctico Nacional. Por ese tiempo ejerció el periodismo político en el periódico “Lealtad”, órgano de la resistencia peronista dirigido por Juan Carlos Cornejo Linares. Desde 1958 hasta 1962 fue miembro de la Junta Promotora Nacional del Partido Justicialista, llegando a ejercer su presidencia. Formó parte del Consejo Superior del Movimiento Peronista. 

En enero de 1962, en asamblea del Partido Justicialista salteño, se proclamó la fórmula J. Armando Caro – Miguel Ragone como candidatos a gobernador y vicegobernador, postulaciones a las que renunciaron para preservar la unidad partidaria. En los anulados comicios del 18 de marzo de 1962 fue electo diputado nacional en la lista del Partido Laborista Nacional, nombre que reemplazó al de Partido Justicialista, cuyo uso estaba prohibido en todo el país. 

En esas mismas elecciones fue electo senador provincial por el departamento de Metán, cargo que declinó para asumir la banca de diputado nacional. En la frustrada sesión preparatoria para la jura e incorporación de los electos, con luces apagadas y sin sonido, le tocó el honor de ser la primera voz justicialista que se escuchó en ese recinto luego de 1955. 

Después, los diputados peronistas electos deliberaron en el periódico “Compañero” que dirigió Mario Valotta. En las elecciones nacionales del 7 de julio de 1963 fue electo diputado nacional, con mandato hasta 1967, interrumpido por el golpe de Estado de junio de 1966. 

Integró el Bloque de Movimiento Populares Provinciales, presidió la Comisión de Legislación Penal y fue miembro fundador del Parlamento Latinoamericano y en esa condición participó de su primera reunión que se efectuó el 18 de julio de 1965 en Lima, presidida por un condiscípulo y amigo, el político peruano Andrés Townsend Ezcurra, dirigente del APRA y amigo de Haya de la Torre. 

El 15 abril de 1971 por resolución 9/71, fue designado delegado reorganizador del Movimiento Nacional Justicialista en Salta. Lo fue durante la gestión de Jorge Daniel Paladino como delegado de Perón, decisión ratificada por Perón cuando designó a Héctor Cámpora en reemplazo de Paladino. 

Su gestión comenzó con una declaración de principios y un acto público inaugurando la sede del Partido Justicialista. En las elecciones de marzo fue electo senador nacional por Salta. En el Senado presidió la Comisión de Comunicaciones y Transporte y fue secretario de la Comisión de Defensa Nacional. Desde 1973 hasta 1983 fue Congresal Nacional del Partido Justicialista y desde 1975 hasta mediados de 1983 presidió el Tribunal de Disciplina del Partido Justicialista nacional. 

En las elecciones nacionales del 23 de septiembre de 1973, cuando triunfó la fórmula Perón- Isabel Martínez de Perón es designado por el Consejo Superior del Movimiento Justicialista como Delegado Electoral en la provincia de San Juan. Como senador nacional en 1974 fue invitado a la reunión de la Unión Postal Universal realizada en Lausana (Suiza). En 1975 fue delegado al Parlamento Latinoamericano que sesionó en Caracas. 

Ese mismo año asistió como delegado argentino a la reunión de la Unión Interparlamentaria Mundial realizada en Colombo, Sri Lanka. Como titular del Tribunal de Disciplina del Partido Justicialista Nacional, elaboró el dictamen que fundamentó la expulsión de Victorio Calabró, gobernador de la Provincia de Buenos Aires quien, antes del golpe del 24 de marzo de 1976, expresó su apoyo a esa medida. También en ese Tribunal de Disciplina inició trámites para la expulsión del PJ de José López Rega. 

Durante el “proceso” condenó públicamente, junto a un puñado de dirigentes justicialistas, la represión ilegal del terrorismo de Estado, una de cuyas víctimas fue el ex gobernador de Salta, Miguel Ragone. Rechazó, también, las acciones de la denominada “contraofensiva”, condenando ese accionar que se proponía desplazar la acción política con el ejercicio de la violencia. En 1982 criticó la operación militar en las Islas Malvinas. En 1982 formó parte del Movimiento de Unidad, Solidaridad y Organización dentro del justicialismo, que lideraba Antonio Cafiero. 

En 1984 fue miembro de la Comisión Asesora Política del Comando Superior del Movimiento Nacional Justicialista, creada por Isabel Martínez de Perón. Expresó su apoyo al enjuiciamiento de las conducciones de los gobiernos militares y de los grupos armados. Apoyó la consulta para la ratificación del acuerdo diplomático con Chile por el Canal de Beagle, con la firma del Tratado de Paz y Amistad. 

Su última actuación pública fue en febrero de 1985, cuando participó y presentó un documento crítico en el congreso nacional del Partido Justicialista de Río Hondo. El 30 de diciembre de 1985, al día siguiente de su muerte, en su última sesión del año la Cámara de Diputados de Salta, por iniciativa del diputado Fernando Chamorro, de la Unión Cívica Radical, se rindió homenaje a su memoria.

Chamorro mocionó que se impusiera el nombre de “José Armando Caro” a la Biblioteca de la Legislatura de Salta. Iniciativa que, por mayoría, aprobaron Diputados y el Senado. Su familia, conserva y administra en Cerrillos una importante biblioteca privada que lleva su nombre.-

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(*) Publicado en IRUYA.COM 29 septiembre 2024

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FINAL